Era uno de esos días en los que no sólo tenía un hambre perra, pero en los que estás loco por llegar a casa y comerte un plato de arroz blanco. Lo llevaba pensando todo el santo día y, si me conoces bien, sabes que con la comida siempre he tenido una fijación seria y cuando digo seria, es que cuando un plato se me mete entre ceja y ceja, es peor que cuando estás enchuláo de alguien. Cada grano de arroz sale de tu imagen mental como una película 3D, qué 3D, 4D, porque es que te saboreas esa textura que solamente un arrocito blanco, así peláo, solito tiene, especialmente si te gusta como a mi, un poquito amogollaíto, un poquito nada más.
Lo tenía fríamente calculado. En casa la arrocera soy yo. Mi esposo no es puertorriqueño y tiene un concepto muy diferente de los carbohidratos. Esto es una ventaja porque no tener que compartir uno de tus platos favoritos es simplemente un regalo. Entonces, como te decía, el plan estaba en marcha. Había hecho justo un calderito, justo para servirme un cucharón arrocero sin sentirme culpable por la dieta y dejar suficiente para el otro día.
Sí, el otro día y ese día ya había llegado y yo lo que quería era ese arrocito recalentaíto que con unas gotitas de agua en el microondas, queda estupendo. Llego a casa muellllta del día de trabajo (y de hambre claro), me quito los zapatos, pongo el abrigo en el clóset y salgo dispará pa’ la nevera. Fui directo al rinconcito superior derecho buscando el color plateado del calderito y su tapita, tan chula, chiquitita con el tapón negro carbón, recuerdo que lo compré en un sitio artesanal…
“pero ¿y qué pasó aquí?”, “si lo he puesto en esta tablilla” “ah seguro que me confundí.”
Busco en la segunda tablilla. Nope. Busco en la tercera. Nada. Busco en las gavetas de frutas y verduras. Yesi, ya estás perdiendo la chaveta, me coacheo.
Respiro. “Seguro que Pepo me lo puso en un bowl”, tomo un paso hacia atrás, observo la nevera entera, escaneo cada uno de los bowls… no, nada. Mi corazón se empieza a acelerar y junto a las tripas que ya estaban empezando la sinfonía de la hambruna, empezaba a tratar de activar el diálogo positivo que aprendí en la terapia pero cuando tengo hambre, confieso, esto rara vez me funciona.
“No puede ser, ¡¡¡¿¿¿es en serio???!!!” y empezamos la anticipación… “Ay Dios mío, como me lo haya botáo… que se prepare.”
Respiro.
Whatsapp: hola mi amor (tratando de ser amable y sweet), oye, ¿de casualidad sabes donde está el arroz blanco que quedó de ayer? (practicando el no asumir)……
Sí…
se lo dí …a Cuca….
Exacto, eso mismo, Cuca:
la perra.
Quéeeeee. LO MATO. Encima esa perra no es ni boricua.
Demás está decir que requirió muuuuucha respiración profunda para no perder la chaveta por completo y gracias a Dios que Pepo llegó varias horas después. Tiempo, ohh, el tiempo le enfría a uno los cascos. Esto fue una conversación con mi maridito Pepo. El pobre estaba confundido. No tenía idea de lo importante que era ese arroz para mí. Sí, una cosa es que supiera que me gusta mucho, pero en su mente quedaba muy poco y sería mejor comer el arroz fresco, el cual no toma mucho tiempo hacer. Ese punto se lo doy.
Pero no era el arroz, era lo que significa, lo que me recuerda el comer ese arrocito. Me recuerda a abuela, me recuerda a mi Isla y nuestra comida, especialmente a la distancia de la Isla, se ha convertido en un espacio en el que puedo acariciar de cerca mi identidad puertorriqueña.
Tener un matrimonio intercultural suena muy bonito y hasta exótico. Y sí, tiene muchas cosas bien bonitas, pero también tiene sus retos y uno de ellos es el tener que explicar cosas que ojalá no tuvieran que explicarse. Pero lo bonito de explicarse, por más tedioso que sea, es cuando te escuchan y Pepo me escuchó y Pepo tomó nota. Ahora me pregunta si el arroz es para botar o no y se lo agradezco.
No creo que llegue a entender del todo alguna vez lo que ese arrocito signifique para mí, pero it´s ok, el es su propia persona y tiene su propia cultura. Lo importante es que mantenga su mente abierta y yo también la mía.
¿Te ha pasado algo similar alguna vez con tu pareja?
No tiene que pasar entre parejas interculturales solamente. El otro día empaticé a full con mi madre porque su esposo se le había tomado una sangría artesanal que era de ella. Pobre.
Cuéntame tu experiencia aquí abajo.
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La forma de presentar el blog fue muy jocoso, me vi reflejada en la situación por algo bastante similar con mi esposo.